Al incluir DRM (control de las aplicaciones que se podían instalar) en el iPhone nos quejamos, y dijeron que “no es un ordenador” (todo el que tiene uno sabe que eso no es cierto). Pero ya demostró su intención de control y escasez artificial mediante barreras tecnológicas.
Ahora, con Lion (la próxima actualización de Mac OSX) quieren hacer lo mismo: que pases por el aro, por caja, por su control y condiciones, antes de instalar algo en TU ordenador. App store para el Mac OSX. Absurdo. ¿Tendremos que hacer jailbreak a los Mac? ¿Se acabará el software libre en el Mac si no pasa por el aro de la App store y sus condiciones? Además, como guinda, deprecación de Java, y con el mensaje “que se lo curre Oracle”.
Está claro que el software libre es la solución, pero a parte, hay que ser activistas contra estas posturas restrictivas de los derechos. Matt nos da ideas de qué hacer (a parte, por supuesto, de emplear sólo software libre, y rezar por que el hardware libre masificado llegue pronto).
Las luces de los coches de choque empezaban a emborronarse. Como en un anuncio de vaqueros, la música sonaba, un melancólico country con toques tecno.
La feria parecía animada. Parecía. Y eso es lo que le inquietaba. Allí, al borde de la pista, observando con la mirada perdida, de esa manera en la que todo se capta sin fijarse en nada. Allí se dio cuenta de que todo pasa, nada permanece, y eso es lo que permanece. Todo pasando. Nada.
La noche era un envoltorio para un exquisito regalo que lo que está fuera le ofrecía. ¿Pero estaba todo eso fuera?
Al borde de un precipicio de quince centímetros. En el límite de lo estático y el movimiento. La vorágine y la calma. Trataba de ahuyentar las enseñanzas budistas, los koanes zen, las técnicas de meditación y la espiritualidad de las religiones organizadas. Trataba de dejar los recuerdos donde deben estar: ni en el olvido ni en la consciencia. Trataba de no aislarse, y a la vez de dejar que todo a su alrededor diese vueltas, sin llevárselo por delante. No quería dualidad, ni quería querer. Ni no querer.
En eso unas manos comenzaron a rodearle por el cuello. Descendieron por su pecho. A su espalda alguien, que él reconocía. Y se dio cuenta de que no era quién era, sino quien era ERA.
Sintió las manos, los brazos, el abrazo, el susurro en el oído, el beso en el cuello… sabía que todo eso era sensual, sensorial, sensitivo. Pero a la vez notó, por primera vez en mucho tiempo, que más allá de el ámbito corpóreo, y más allá del emocional, por encima del conceptual, y trascendiendo el racional, había redescubierto la esencia.
¿Se puede dar la vuelta completa y llegar al mismo punto, sin que este sea el mismo? No lo sabía con certeza, pero eso es lo que había llegado a comprender: ¿quién necesita la certeza?
Por primera vez en mucho tiempo sonrió espontáneamente, y entonces se abrieron las puertas.
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Nota a mí mismo: Ni sé por qué he escrito esto, ni sé de donde viene (ni mucho menos a dónde va). Flow.
y desde el inicio (ver vídeo, pasados los primeros 40 segundos) es rompedor. ¿O no?
Que la 20th Century Fox permita transgresiones al statu quo no es nuevo. Pero que lo haga pese a que la crítica va dirigida a un sistema de la que forma parte, y empleando su propia imagen como centro de esa crítica sí parece rompedor.
Sin embargo, que el sistema permita la transgresión, la crítica, el inconformismo, no es sino otro de los mecanismos de defensa que tiene, y uno de los más sutiles y maquiavélicamente eficaces: la asimilación.
¿Crees que puedes cambiar el mundo por pasear una tarde de domingo con mil personas más sujetando una pancarta con un lema tan blando como “acabemos con la pobreza YA” (nótese el enorme énfasis revolucionariamente transgresor que transmite ese “YA” en mayúsculas, indica una impaciencia amenazadoramente presionante)? ¿Acaso ver en unos dibujos animados la crítica supuesta contra aquellos que los hacen y que luego engrasan las ruedas del consumismo patológico anuncia un cambio, el inicio de una transformación?
“Pesimismo pernicioso”, así definirán algunos al mensaje de crítica de la crítica como mecanismo de transformación y evolución. Pero, por supuesto, no estoy de acuerdo.
La capacidad de crítica no es tanto una medida de apertura del sistema, o una demostración de que sus elementos (individuos, ciudadanos, pacientes, etc) poseen la capacidad para cambiar nada. Es más bien un mensaje de detección de desviación: desviación del ideal, de lo anhelado, de lo supuesto, de lo que se oferta.
Por supuesto hay que tener capacidad crítica, pero no hay que confundirla con capacidad de queja, de pataleo. La crítica necesita de reconocimiento de la situación, de análisis, de detección de fallo, y sobretodo de propuesta de cambio, arreglo, mejora. Sin ello tenemos un juicio sin sentencia. Un callejón sin salida. Y eso es precisamente lo que el sistema quiere: alivios que no lleven a ningún sitio, que sigamos siendo “elementos funcionales”, que puedan desahogarse sublimando da igual si con el fútbol y la prensa rosa, la meditación y el rezo, el porro y el sexo, las manifestaciones y los blogs (lo cual todo ello en sí mismo está muy bien, pero no como sustitutivo de la verdadera implicación, no como alivio y evasión, no como alienación). Lo que no quiere el sistema es que participemos de una solución, un cambio, una evolución. En todo caso nos aporta sustitutos y espejismos para la experiencia de la participación constructiva (elecciones cada cuatro años, representatividad, polarización…).
Revolución “ya”. La crítica está clara. Tenemos abundante e incluso excesiva. Demos los siguientes pasos.
No importa lo que hagas, sino que lo hagas. Pero sé consciente de las consecuencias, que sobran mártires y faltan ideólogos con capacidad práctica, y ten valor para decidir tu/nuestro destino.
Como dice Boehme hablando de la psicogénesis de la creación, Dios (naturaleza, fuerza creadora, el hombre, o lo que sea que cree) necesita de un espejo (Spiegel) y un reflejo de sí mismo (Selbstab bildung). Pero un clon mutante, o un robot roto son la demostración de que Dios no sabe hacer espejos. Ergo esa enfermedad llamada Ser Humano.
Hay una interesantísima conferencia impartida en 2009 en TED titulada ”East vs. West – the myths that mystify” a cargo de Devdutt Pattanaik en la que este sociólogo autodidacta (médico de profesión) indio propone una lectura muy interesante de los elementos que están en la base de la diferencia Este-Oeste.
Todos los que hemos trabajado con o para indios, chinos, japoneses, coreanos, indonesios, o malayos sabemos que pese a que son muy diferentes entre ellos, existe un nexo común “Asiático” que diferencia muy mucho a “nosotros” (entre comillas por mi falta de identificación y filiación) de “ellos” (entre comillas porque no me gustan las diferencias, distinciones y confrontaciones que suele conllevar el “nosotros y ellos”).
El Dr. Pattanaik llega a una conclusión que no por simple es carente de mérito ni originalidad: fusionando psicoanálisis, historia, sociología y unos cuantos enfoques más, ve cómo, enraizado en los pilares culturales, y transmitido via sus mecanismos más potentes desde la más temprana edad (el héroe, el mito, la narrativa de la épica y demás relatos que establecen vicariamente los valores y referentes de cada sociedad), Este y Oeste (Oriente y Occidente) hace siglos que tomaron un paradigma distinto sobre un parámetro clave que es lo que les ha derivado en un rumbo prácticamente opuesto, lo que tiene repercusiones tanto a nivel individual como social. Ese parámetro es el TIEMPO.
La mitología oriental está plagada de referencias a una visión del tiempo circular, recurrente. Sus héroes y dioses van y vienen, se reencarnan, son sagas, se dividen, se unifican… comparémoslos con los de occidente: héroes que se enfrentan a la muerte como solución final, dioses que son inicio o fin, pecados irredemibles, infiernos y paraísos: dualidades y linealidades por doquier.
Si le añadimos (esto más que proponerlo en Dr. Pattanaik, viene de otros autores, como Norman Brown) una ética protestante a una cultura mediática dominada por los anglosajones, tenemos en este lado del mundo la obsesión por el “éxito”, lo material, el todo o nada, el ahora o nunca.
No abogo por la sumisión, el abandono, el relativismo absoluto, o el misticismo trascendente que aliene el estar aquí y ahora. Pero si me entristezco del poster que adornaba la cafetería de una universidad en EEUU: “Whoever dies with the most toys wins”.
Mi duda es: si nacemos en una cultura (inevitable) y nos educan en una cultura ¿podemos incorporar elementos fundacionales de otra? ¿Existe la hibridación cultural a nivel básico? ¿Puedo crear mi propio esquema del tiempo, escala de valores, forma de comportarme, que no sea ni oriental ni occidental? ¿Cómo se adapta eso a nivel social?
No me darán la papilla con cuchara. Aunque me la tenga que cocinar y comer con las manos. Y tú ¿sigues a un dios o un héroe consciente o inconscientemente, o estás dispuesto a crear tu propia mitología y formar parte de ella?
La forma más primitiva de sociología contempla una estructura cíclica de la evolución social. Hasta el darwinismo (que puso un énfasis absoluto en una evolución lineal biológica que se adaptó a la sociológica) prácticamente todas las culturas tenían una visión cíclica de la historia (cambios de equinocio, eventos míticos recurrentes, épocas y eras descritas como “doradas” y “oscuras” que se turnaban en riguroso orden, etc).
Esto, por supuesto, ha llevado a múltiples historiadores (como Danilewski o Spengler, hace un siglo) a predecir el ocaso de la dominación de la sociedad occidental. Y no es que sus razonamientos no tengan mérito, pero su enfoque fallaba. Incluso las más recientes investigaciones al respecto (con sesudos estudios y modelos computacionales) consiguen hallar confirmaciones de estas teorías en sociedades primitivas (basadas en agricultura, recursos limitados y escasos, etc) pero no se atreven con las sociedades occidentales contemporáneas.
Ahora bien, cualquiera con un ápice de sensibilidad se habrá percatado de la creciente tendencia de alejamiento del dominante paradigma tecnológico, y un tímido auge de propuestas místicas varias (chamanismos, filosofías tradicionales, mitología, cabalismo, religiosidad y espiritualidad en sus diferentes formas). Desde programas de radio, conferencias, consultas de gurús y mediums, hasta oferta docente en universidades, o expresiones artísticas relacionadas, es palpable este inicio de cambio.
Es fácil encontrar explicaciones circunstanciales: la globalización, el mestizaje, la crisis económica y de valores, la inmigración, el auge de asia… pero lo cierto es que está ocurriendo.
De todos los análisis de este enfoque y tipología fenomenológica, me encaja mucho la de Sorokin. Sobretodo porque no sólo analiza “la historia” o “la sociedad”, sino la “mentalidad cultural”, lo que en cierto modo deja un espacio de expresión al indivíduo.
Y, eso, es precisamente lo que me preocupa: el lugar del indivíduo. Tanto en un lado del péndulo (ciencia y tecnología que radicalizados pueden llevar a un determinismo aplastante en un lenguaje cada vez más incomprensible y endogámico) como en el otro (misticismo inaccesible que requiere de intermediarios autoeregidos “portadores de la verdad” que “abren las puertas y guían” a un “conocimiento” que por lo general no lo es tal), el indivíduo queda a merced de aquellos que, con el “poder” en sus manos, pueden, y suelen, abusar de ello, manipulando y sacando partido para sus propios intereses.
Hay que abogar por lo autodidacta, por el poder del indivíduo sin mediadores ni guiadores, por la enseñanza no dependiente, por la cooperación en libertad, por el anarquismo organizado. Tenemos una oportunidad: la red. Y un enemigo: nosotros mismos.
Como el chiste (“hay 10 tipos de personas: los que saben binario y los que no”). Categorizar de un modo general a las personas es tarea vacua sino absurda.
Pero por experiencia personal, he llagado a la conclusión de que absolutamente todo el mundo puede ser categorizado acorde a un parámetro: daño, dolor, trauma. Así, existen sólo 4 tipos de persona:
Los que han sufrido daño desde dentro: maltrato infantil, abuso físico o psíquico, en casa, en el hogar, por parte de aquella gente que se supone ha de estar ahí, ha de cuidar, ha de aportar.
Los que han sufrido daño desde fuera: víctimas de delitos graves, catástrofes naturales, han experimentado la maldad del ser humano, la traición, el abuso; o la furia de la naturaleza.
Los que han sufrido daño desde dentro y desde fuera: jodidos doblemente.
Los que no han sufrido daño: benditos ellos. Hay quien piensa que son un animal mítico, otros que realmente no existen, y simplemente están en fase de rechazo.
Hay otro parámetro, que es la frecuencia (no es lo mismo experimentar un trauma diario, a sólo uno hace muchos muchos años).
¿Por qué es esto relevante? ¡También podríamos categorizar a la gente por el color de su camisa o la comida que come!, dirá el escéptico (de hecho las diferencias entre hombre y mujeres son considerables y abarcan muchos aspectos, como el cómo reaccionamos ante el estrés). Pues esto es relevante porque en base a esas experiencias (sobretodo en etapas formativas, o bien si los traumas son muy potentes o recurrentes) desarrollaremos todo un arsenal de estructuras, recuerdos, filtros, mecanismos, defensas, actuaciones… que mediarán en nuestras interrelaciones, en el aspecto social y en el personal. Del personal, que se ocupe cada uno, pero ¿por qué he de atacar a alguien, o sufrir sus abusos, porque alguien resultó dañado hace años? No es justo. Pero ¿quién ha dicho que la vida sea o pueda llegar a ser justa?
¿Venganza, comprensión, relativización, compensación, ataque, alienación, escape, lucha…? Creo que es eso, precisamente, lo que nos define, lo que nos queda como último recurso del “libre” (y ya hemos visto que de libre poco) albedrío: la reacción. ¿Y tú, qué vas a hacer? Recuerda que lo que tú hagas influirá sobre la experiencia de otro, que influirá sobre lo que otro hará, que… ¿responsabilidad, miedo? No: consciencia. Simplemente.
"El secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje" Tucídides
"The secret of Happiness is freedom, and the secret of freedom is courage" Tucydides
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